Este blog nace a partir del libro La riuada de Franco con la intención de divulgar nuevos datos sobre las inundaciones del Vallés de 1962. Coincidiendo con el 50 aniversario de aquella catástrofe colectiva, el libro, escrito por Ferran Sales i Aige y Lluís Sales i Favà, destapa las pugnas políticas, la propaganda y la corrupción que desataron aquellas riadas.


12 dic. 2012

Monolito en recuerdo del Caudillo


Manuel Bustos en una de sus
innumerables apariciones
en televisión la semana pasada

El 1 de octubre de 1962, cinco días después de la noche trágica, Francisco Franco viajó hasta Barcelona para consolar a los damnificados de la riada. Las críticas surgidas cinco años atrás a raíz de las inundaciones de Valencia en 1957, porque el Caudillo había tardado diez en visitar la capital del Turia, sirvieron de acicate para que el régimen se trasladara rápidamente y en peso a Catalunya, donde hicieron a las víctimas todo tipo de promesas.

El Caudillo lideró aquella embajada gubernamental, abrió de par en par sus manos y como si fuera un padre afectado por la aflicción y lágrimas de sus hijos prometió a todos un consuelo económico. La decisión de Franco de articular consuelo económico a los afectados fue adoptada el mismo día de su llegada  a la capital catalana en el transcurso de un Consejo de Ministros celebrado en el Palacio de Pedralbes, tras un Te Deum en la catedral y un recorrido "triunfal" por las calles de la ciudad.

Franco
y sus ministros adoptaron tres tipos de ayudas: apadrinamiento de las poblaciones siniestradas lo que conllevaba financiar su reconstrucción, indemnizaciones a las víctimas y por último préstamos a los fabricantes afectados por la riada.

Poblaciones,  damnificados y fabricantes del Vallès se convirtieron así, de pronto, según los grandes titulares de la prensa del día siguiente,  en los hijos protegidos y mimados de un padre generoso; el Generalísimo. La prensa estaba tan embriagada con las promesas del régimen y tan entregada a su misión sagrada de loar al Caudillo, que se olvidaron de preguntar de dónde iba a sacar el Estado tanto dinero para cumplir sus compromisos.

El régimen pero lo tenía todo calculado; las víctimas iban a ser indemnizadas con las aportaciones de los conciudadanos a la Cuestación Nacional, el dinero a los fabricantes lo iban a sacar los industriales de sus propios bolsillos, no en vano se trataban de prestamos con obligación de devolverlo y la reconstrucción de las poblaciones apadrinadas fueron aparcadas o en el mejor de los casos sometidas a una cura de adelgazamiento presupuestario y administrado además en pequeñas dosis a lo largo de varios años.

En cualquier caso, aquellas promesas económicas del régimen, aun siendo fantasiosas y claramente  inabordables por un Estado que tenia las cajas vacías, desataron una oleada de agradecimiento orquestada por el Gobierno Civil de Barcelona que sugirió dos formas de dar gracias al Jefe del Estado;  nombrar a Franco hijo adoptivo de cada una de las poblaciones o levantar en las ciudades beneficiadas con el maná del dictador un obelisco o monolito en memoria al gesto del Caudillo.

Hubo poblaciones que no sólo nombraron a Franco hijo adoptivo de la ciudad, si no que además levantaron en su honor un obelisco. Algunos de estos obeliscos o monolitos, con el paso del tiempo fueron maquillados con una placa  diferente a la planteada originalmente. Así en lugar de dar gracias al Caudillo el monolito de turno acabaría sirviendo para recordar las víctimas o los donantes. Hubo también poblaciones rebeldes que en una actitud de desobediencia clara hacia el régimen, optaron por quedarse con los brazos cruzados; ni monolito ni nombramiento de hijo adoptivo a Franco.

Hace poco mas de dos semanas Sabadell, por orden de un consistorio presidido por Manuel Bustos, puso en pie un monolito destinado a homenajear a las víctimas de la riada.

Me temo que nadie advirtió al alcalde Bustos que el hecho de que Sabadell no tuviera hasta entonces un monolito dedicado a las víctimas quizás no era más que consecuencia de un acto de desobediencia consciente hacia el franquismo y que su ausencia no hacia mas que perpetuar y recordar a todos sus ciudadanos un gesto de rebeldía.

En cualquier caso el acto de inauguración del monolito en Sabadell pasó prácticamente desapercibido por una ciudad machacada por los mensajes obsesivos de un alcalde, Manuel Bustos,  más preocupado en defenderse públicamente de las acusaciones de corrupción que en acordarse de las víctimas de una riada que había pasado hace demasiado tiempo.

2 dic. 2012

Medio siglo de corrupción urbanística en el Vallés

En el trasfondo de la riada del 62 se alza imperturbable la sombra de la corrupción urbanística. Las huellas de esta corrupción se encuentran fielmente recogidas en el sumario 14.681/62 que empezó a instruir al día siguiente de la riada el juez Julián Serrano Puértolas, titular del Juzgado de Instrucción y Primera Instancia número 1 de Terrassa.

Este sumario, que yacía olvidado en las estanterías del Archivo Comarcal de Terrassa, fue recientemente rescatado por los responsables del archivo dentro del proceso de revisión de la historia que se viene efectuando con ocasión del 50 aniversario de la riada del Vallés y en la que, modestamente, hemos aportado un grano de arena en forma de libro, que se llama La riuada de Franco, del que surge este blog.

La recuperación de este sumario por parte del Archivo Comarcal de Terrassa y en especial del investigador Josep Lluís Llorca, hace pocos meses, constituye un jalón histórico trascendente, ya que es la prueba palpable que desde el primer momento sectores de sensibilidad democrática trataron de buscar pruebas y establecer conexiones entre la tragedia y la corrupción urbanística.

El juez Julián Serrano Puértolas al frente de una comisión judicial, a pecho descubierto, empezó a escarbar en el barro y a buscar las pruebas de esta conexión criminal que enlazase tragedia y corrupción urbanística. Llevó a cabo la misión con absoluta seriedad y minuciosidad, levanto croquis, tomo fotos de las víctimas y llamo a declarar a sus familiares. Pero el juez Serrano, que por su cargo intuyó que debía de ser un recién salido de la carrera, hizo algo más: empezó a preguntar a organismos e instituciones quien era el responsable de que se hubieran levantado viviendas y fábricas en los cauces de los ríos y de las rieras. 

El juez osó incluso llevar su investigación hasta el Ayuntamiento de Terrassa, la Confederación Hidrográfica del Ebro o a la Delegación Provincial del Ministerio de la Vivienda. Trato así de localizar la  mano o las manos asesinas que habían firmado las licencias que permitieron levantar edificaciones en terrenos cuanto menos peligrosos. No era una pesquisas en el aire, se basaba en la evidencia de centenares de muertos y millares de damnificados, pero también en detalles menores, pero no por ello menos importantes, como lo demuestra el hecho probado en su sumario que el Grupo de Viviendas San Lorenzo de Terrassa se levantara en zona no edificable, un terreno público, para convertirse en catafalco de un número indeterminado de personas.

Desde una perspectiva històrica, tan apasionante y trascendente es conocer el responsable o los responsables de aquellas atrocidades urbanísticas, como explicar quien era ese juez, Julián Serrano Puértolas, quien amenazó en 1962  poner patas arriba al franquismo, abrir en canal un cartapacio municipal experto en  irregularidades  urbanísticas y hacer caer en cascada a decenas de responsables políticos. No les voy a explicar la biografía de Julián Serrano Puértolas, entre otras razones porque no la tengo, pero sí puedo decirles que fue uno de los fundadores de la plataforma clandestina Justicia Democrática, que en 1972 se creó para combatir el franquismo y que aglutinó jueces, magistrados fiscales y personal administrativo.

Julián Serrano Puértolas fue uno de los comisionados de Barcelona que en 1972, en la agonía del franquismo, se reunió clandestinamente en el domicilio madrileño del juez Clemente Auger para fundar Justicia Democrática, junto con otros comisionados provenientes de Madrid y de otros puntos de España. Julián Serrano había viajado hasta Madrid con los fiscales Carlos Jiménez Villarejo y José MariaMena, entre otros. A todos les unía desde hacia años el mismo objetivo:  dinamitar el franquismo.

Justicia Democrática jugó un papel capital en la lucha contra el franquismo, una lucha que continuaron en la transición, lo que les costó represión, en forma de traslados forzosos o acotaciones en sus expedientes que les impidieron el acceso a determinados destinos. Yo conocí a muchos de sus miembros, con los que compartí momentos de zozobra, de lucha y sobretodo de ira. Julián Serrano fue uno de ellos.

Justicia Democrática fue el germen a partir del cual se creó en 1982 Jueces para la Democracia, una de las cinco asociaciones de la magistratura existentes actualmente en España. Jueces para la Democracia ha heredado el compromiso democrático firme y radical, pero tambien el prestigio de aquella plataforma clandestina contra el franquismo.
 
Pero volvamos al punto cero de esta historia para explicar que la maniobra política-judicial del juez Julián Serrrano, tratando de establecer un nexo causal entre la tragedia de la riada del 62 y la corrupción e irregularidades urbanísticas, fracasó.

El juez Serrano, sin que se sepa muy bien por qué, fue relevado de su cargo y se le envío a otro destino. En su lugar, al frente del juzgado de Terrassa y de aquel sumario que amenazaba al régimen, se colocó a otro juez, quizás mas dócil, seguramente menos guerrero, es decir menos comprometido con la democracia, que cerró la investigación de golpe: el carpetazo.

El 28 de marzo de 1964, el nuevo juez de Terrasa, instructor asimismo del sumario acumulado de Rubí, dictó un auto dando por concluidas las investigaciones por cuanto en su opinión no se había podido localizar ni discernir a responsables de las muertes ocasionadas a raíz de la riada.  

El auto lleva la firma del juez Antonio del Cacho Frago, que después fue magistrado en Barcelona, vicepresidente del Tribunal de la Competencia en Madrid y que fue designado miembro del Consejo del Poder Judicial entre 1985 y 1990 gracias al apoyo de la Minoría Catalana del Parlamento de Madrid, en otras palabras CiU. Cacho fue además miembro activo de la Asociación Profesional de la Magistratura, enfrentada ideológicamente a Jueces para la Democracia, en la que se alinearon los sectores más conservadores de la judicatura.

No me atrevería a decir que el juez Antonio del Cacho fuera un franquista, pero sí está claro que en 1964, hizo un favor al franquismo al cerrar la boca -el sumario- del único juez que trató de investigar las corrupciones urbanísticas de Terrassa y Rubí y establecer su conexión con la riada del 62, causante de la muerte de cerca de 700 personas.

Cincuenta años después, la corrupción urbanística asoma de nuevo en El Vallés. La sombra de las dudas se abaten esta vez sobre la alcaldía de Sabadell, amenazan con abrir en canal el consistorio y provocar la caída de un numero indeterminado de políticos, entre ellos el alcalde Manuel Bustos

Esta nueva riada de corrupciones urbanísticas se ha desbordado y amenaza con afectar otros ayuntamientos, entre ellos Montcada i Reixac. En nombre de la justicia democrática, en recuerdo de los centenares de muertos de la riada de 1962, debería, esta vez sí, llegarse hasta el final.

24 nov. 2012

Así nació La riuada de Franco


La riuada de Franco surgió en el primer plato de un almuerzo, maduro en el postre y cristalizó tras una siesta. En la primavera del 2011 Lluís, mi hijo, me había invitado a comer a su casa, en el barrio de la Creu Alta, en Sabadell donde hacía poco que se había instalado con su compañera Anna, tras perder su empleo en la Universidad de Girona. Estaba en un momento difícil de su vida,  los recortes de presupuestos generados por la crisis económica, le habían  apartando de la vida académica cuando estaba en la recta final de su doctorado en historia.

Mi situación profesional no era mucho mas halagüeña; el diario en el que había trabajado durante cerca de 30 años -El País- de los que 16 los había pasado en lugares de alto riesgo, me había prejubilado manu militari,  expulsado de la vida periodística y en mi horizonte se atisbaba ya un punto crítico, el de la jubilación.

Así pues entre mi hijo y yo, aunque nos separaban 35 años, no había demasiadas diferencias; los dos sobrevivíamos a cargo del presupuesto del Estado, él como parado, yo como prejubilado. Quizás por eso la comida no fue excesivamente alegre, a pesar de que Anna se había preocupado por cocinar unas croquetas que estaban de muerte.

 Lluís y Ferran Sales en el barrio
La Catalana de Sant Adrià del Besòs,
una de las zonas mas afectadas por la riada del 62. 
Cuando iba por mi cuarta croqueta, por aquello de decir algo, les expliqué que hacia siglos que no había estado en Sabadell. Eché el respaldo de la silla hacia atrás,  y trate de sacar cuentas, mientras alargaba el brazo y la mano y cazaba la quinta croqueta. Recuerdo que en aquel momento Anna y Lluís, los otros dos comensales, empezaron a mirarme con ojos extraños, como intrigados.  Yo seguía calculando. 

La verdad es que la situación era azarosa porque no sabía muy bien si me miraban de aquella manera porque querían saber si seria capaz de comerme una sexta croqueta o en realidad lo que querían era saber cuando había sido la última vez que había estado en Sabadell.

No quise defraudarles, me comí la sexta croqueta al tiempo que les empezaba a explicar que la última vez que había estado en Sabadell había sido cuando las riadas, cuando  acudí a la ciudad como voluntario. Les continué explicando que llevaba aún pantalones cortos y que había viajado colgado de la caja de un camión de reparto de refrescos, junto a decenas de voluntarios, azuzados por la campaña solidaria de Soler Serrano en Radio Barcelona.

Anna y Lluís me miraron  resignados. Anna retiró el plato de las croquetas que había vaciado, pero Lluís fue más directo y me lanzó un puntapié emocional en la parte del bajo estómago, al recordarme que habían pasado casi 50 años de las inundaciones. No se quedo aquí. Me retorció con saña mis partes mas íntimas, al recalcarme que al año siguiente se iba a cumplir el medio siglo de la riada del Vallés.

Los comentarios de Lluís, recordándome que había envejecido, eran lógicos. ¿Qué otra cosa puede hacer el anfitrión con un comensal que llega a su casa, se sienta a su mesa y en un plis-plas se come todas las croquetas que su mujer ha cocinado entre el humo del aceite de la sarten, las llamadas de teléfono de la oficina, al tiempo que piensa que tiene que poner a secar la ropa que se acaba de centrifugar en la lavadora? Además llamarme viejo no era la peor cosa que podía decirme. Así que callé, no proteste, seguimos comiendo, pero  continué pensando.

Acabé de pensar a última hora de la tarde, en mi casa, en Barcelona, estirado en el sofá, cuando desperté de la siesta y conseguí hacer la digestión de las croquetas. Entonces saqué mi blackberry del bolsillo, y teclee un email a Lluís. Le pregunté qué le parecería escribir mano a mano un libro sobre la riada del Vallés. No tardó mucho en contestarme. Su respuesta fue casi tan lacónica como mi pregunta. Estaba de acuerdo en el proyecto, pero exigía escribir un libro serio, sin aquellos  excesos de lirismo que han caracterizado mis crónicas  durante 47 años de vida profesional. El mensaje era claro; nada de literatura.

Comprendí así dos cosas; la primera que me había metido en un reto profesional compremetiéndome a escribir algo con rigor y la segunda, que aún le duraba el enfado por haberme comido todas sus croquetas.

19 nov. 2012

El monje que desbancó a Franco


El 6 de octubre de 1962, cuando por orden gubernativa habían empezado ya a apagarse los ecos de la riada, el semanario Destino dedicó doce páginas a hablar de la tragedia. La portada, de acuerdo con las consignas, debía estar reservada al Caudillo, que dos días antes de que se cerrase la edición, había protagonizado un viaje relámpago por la zona afectada; en poco menos de siete horas había visitado ocho poblaciones del Valles y el Barcelonés, escuchado no menos de una decena de parlamentos, pronunciado tres discursos y llorado al menos en dos ocasiones.

Portada del semanario Destino
 del 6 de octubre de 1962
En la foto escogida para la portada del semanario, la misma que ilustra el libro La riuada de Franco, se veía al dictador con los ojos humedecidos escuchando el relato de una de las afectadas, Asunción Cantero Cuenca, que llevaba en brazos a su hija Manolita, la superviviente de una riada en la que había perdido a su marido y a su otro hijo. La foto había sido tomada por uno de los hermanos Pérez de Rozas, colaboradores habituales de la publicación, en el barrio de Las Arenas de Terrassa.

Cuando el fotolito de la portada, con la fotografía del Caudillo, estaba ya preparado y dispuesto a bajarlo a la imprenta, apareció inesperadamente por la redacción de Destino de la calle Tallers, a espaldas de La Vanguardia, un muchacho que decía tener fotos en exclusiva de la riada.

Josep Verges i Mata, editor y factótum de la publicación, lo atendió para descubrir entre las fotos que el muchacho había dejado encima de su mesa una que,  por su calidad y por lo que en ella se recogía,  le llamó poderosamente la atención; la de un sacerdote, un monje de Montserrat por más señas, celebrando la misa sobre un lecho de escombros, en la riera de Papiol.

El editor no se lo pensó dos veces, había encontrado la foto de su portada, capaz de desbancar a la de Franco. Josep Verges, que tenía muchas cualidades y un solo defecto, ser un gran tacaño, pagó al muchacho por la foto 25 pesetas, que le entregó en el acto al mismo tiempo que le despedía en la puerta. Francisco Tur, vecino de Sant Andreu, aprendiz de panadero y boy scout, inició así su carrera como fotógrafo.

La foto del monje de Montserrat, con el título “nace de nuevo la esperanza”, desplazó a la foto del Caudillo, que fue publicada diez páginas más adentro. Por si no fuera suficiente Vergés, el editor, justificó con un pequeño texto aquel “cambiazo” al asegurar que “en las tierras arrasadas por las terribles inundaciones, la misa al aire libre, es sin duda, el más eficaz y puro gesto de los hombres”. Aquel monje que le ganó la batalla  a Franco, en plena campaña mediática del régimen, era el pare Plàcid, en la vida civil Jordi Vila-Abadal, hermano de otro monje de Montserrat, el padre Agustí, que a la sazón desempeñaba las tareas de mayordomo o administrador del santuario.

Los censores del régimen no dijeron nada, no tenían otra opción que callarse entre otras razones, porque seguramente eran conscientes de que Dios estaba por encima de Franco y en términos absolutos, era más importante un sacerdote diciendo la santa misa sobre los escombros de la riada, que un gobernante con los ojos humedecidos por el relato de una viuda.

Sin embargo tres semanas más tarde, el 27 de octubre de aquel mismo año, los celadores del régimen encontraron la ocasión para pasarle las cuentas a aquel monje impertinente que había osado desbancar al Caudillo en la portada de Destino. La excusa para lanzar la caballería sobre el monje, fue una carta que el propio padre Plàcid envió al director del semanario y que fue publicada en la página 3, bajo el titulo “Viviendas para los damnificados”.

El padre Plàcid, monje de Montserrat, mandó la carta al semanario Destino para hacer una propuesta formal, de que las viviendas vacías de Les Fonts y Terrassa, habitualmente utilizadas por los barceloneses como segundas residencias, pudieran ser usadas temporalmente por los damnificados que se habían quedado sin casa. En el fondo, entre líneas, el padre Plàcid lo que hacia  era quejarse de la forma en que el régimen venia actuando y utilizando la desgracia de la tragedia para hacerse propaganda sin llegar a resolver muchos de los problemas pendientes, el mas acuciante de los cuales era el alojamiento de los supervivientes.

La propuesta del monje desató las iras de los funcionarios, muy especialmente del Inspector Provincial de falange, Carlos Maria Hernández Palmes, quien redactó un informe contra él y contra Montserrat, en el que vino a acusar a los responsables del Monasterio de no haber habilitado las celdas y la hospedería para los damnificados.

El padre Plàcid- Jordi Vila-Abadal- acaba de quedar fichado, si es que no lo estaba ya para entonces por las autoridades del régimen. Los informes reservados de la policía sobre “actividades en el Monasterio de Montserrat”, que se encuentran en el archivo histórico del Gobierno Civil de Barcelona, desvelan la obsesión de los funcionarios gubernativos con respecto al padre Plàcid y su hermano Agustí. Sería absurdo asegurar que aquellos informes eran una revancha o una venganza del régimen por la anécdota de la foto de la portada de Destino, pero tampoco puede descartarse esta hipótesis; el franquismo era ciego e irracional. Los hermanos Vila-Abadal se convirtieron asi para los funcionarios del franquismo  en los abanderados del “progresismo” y el “catalanismo político” de la comunidad benedictina de Montserrat.

Los informes, de los años 1963 y 1964, insisten en “la perniciosa influencia” de los dos monjes,  a los que acusa de capitanear un grupo de religiosos a los que califica de “disolventes”, entre los que se encuentran además del Abad Aureli Maria Escarré, los padres Porcel, Minobis, entre otros, secundados a su vez por un grupo de seglares de los que resalta a Antoni Travería Fuster. La escalada de descalificaciones con respecto a los padres Placid y Agusti alcanza al paroxismo a partir de las declaraciones del Abad Escarré en Le Monde, en noviembre de 1963, en las que acusó al régimen de incumplir los principios básicos del cristianismo que decía defender.

Según se desprende de la documentación, localizada en los archivos, la policía vigiló y fiscalizó cada uno de los movimientos de los dos monjes, hasta forzar su exilio, junto con otros compañeros y el propio Abad Aureli Maria Escarré. Sólo entonces el régimen suspiró aliviado.

El  informe que redacta la Brigada Regional de Información el 2 de noviembre de 1964, es revelador. El agente tras destacar la homilía “pacificadora” del abad coadjutor Gabriel Maria Braso, pronunciada con ocasión de la festividad de Todos los Santos, recalca que  “desde la ausencia forzosa del Monasterio, del grupo “disolvente”… ha remitido extraordinariamente la agitada atmosfera que se respiraba en el convento. Vuelve a reinar la paz entre la Comunidad y ha vuelto a restablecerse la disciplina que el grupo antes citado había relajado con sus constantes infracciones a las Reglas de San Benito”.




11 nov. 2012

Los damnificados “olvidados” del Baix Llobregat


Las riuadas del Baix Llobregat del 4 y 7 de noviembre de 1962 –aquí se denominan  “aigüats”- fueron silenciosas y pasaron prácticamente desapercibidas para la opinión pública como consecuencia de la férrea censura impuesta por el régimen franquista, que trató de minimizar los daños para no volver a alarmar a la opinión pública.

Sin embargo, las estrictas consignas de los gobernadores civiles de la época, ni el saliente Matías Vega Guerra (Las Palmas 1905 - 1989), ni del entrante Antonio Ibáñez Freire (Álava 1913 - Madrid 2003) consiguieron borrar la memoria, ni destruir todos los documentos que certifican que numerosos vecinos de El Prat, Gavà, Cornellà y otras poblaciones vecinas se vieron afectados por las inundaciones, perdieron sus casas y se encontraron desnudos en la calle.

Los vecinos más afectados, y quizás también los más olvidados, fueron los que vivían en cuevas horadadas en las paredes de las rieras del Turó de Calamot en Gavà, muy cerca de donde se encuentran hoy un inmenso parque municipal inaugurado hará pronto 15 años. Se trataba, en su mayoría, de emigrantes venidos de Andalucía, especialmente de los pueblos de Granada, que trabajaban como jornaleros en las faenas agrícolas y que por razones económicas, especialmente por la falta de vivienda asequible en Gavà, se habían visto obligados a vivir en agujeros excavados en la tierra.

Los sucesos del 7 de noviembre en Gavà quedaron reducidos en la prensa local a una gacetilla de poco menos de 13 líneas y a una reflexión medio traspapelada en la editorial de un periódico local, que bajo el título de “Identificación”, no dudó en colocar en igualdad de condiciones el triunfo de una gavanensa que había sido designada Pubilla de Catalunya y la de decenas de familias que se quedaron sin vivienda a causa de las lluvias. La aparente invisibilidad de aquellos damnificados no fue una excepción, lo mismo sucedió en El Prat, donde según las estadísticas oficiales quedaron destruidas 27 barracas, a pesar de lo cual se impuso con la misma fuerza el silencio.

La tragedia de las familias del Gavà y de El Prat acabaron, sin embargo, aflorando y saliendo a la luz pública, invadiendo incluso los despachos oficiales, cuando días más tarde las organizaciones religiosas y las instituciones asistenciales oficiales descubrieron a los damnificados hacinados en enormes caserones abandonados.  Comprobaron así, con sus propios ojos, la situación de incuria y dejadez con que se encontraban aquellos olvidados. 


La antigua vaquería La Ricarda
 de El Prat hoy reconstruida
El problema dañaba tanto a la vista, que amenazaba con enviar al traste la campaña de imagen impulsada por el régimen que había establecido que en Gavà y en El Prat “no había pasado nada”. Los damnificados alojados en el viejo cuartel de Can Pere Bori, en Gavà, y en la vaquería de la granja La Ricarda, de El Prat, dejaron de ser invisibles para las autoridades para convertirse en un problema que debía solucionarse con discreción y silencio antes de que en verano regresara el Caudillo a Barcelona.

Muchos de los damnificados de La Ricarda y Can Pere Bori fueron alojados en viviendas provisionales para años más tarde -diez en el caso de Gavà- darles en alquiler una vivienda oficial. Pero otros muchos quedaron desamparados y a falta de solución asistencial, se les dio una solución policial; se les obligó a volver a sus pueblos de origen a pesar de que llevaban muchos años viviendo en el Baix Llobregat y sus hijos habían nacido y crecido allí. Esta solución policial, de la que quedan rastros claros en los archivos oficiales, constituyen uno de los epílogos más dolorosos y escandalosos del libro La Riuada de Franco.

El paso del tiempo y la historia logró incluso maquillar la antigua vaquería de la Granja  La Ricarda y el viejo cuartel de Can Pere Bori en Gavà. Así, la vaquería de la Ricarda, trasladada y reconstruida piedra a piedra aspira a convertirse en el Centro de Interpretación del Delta del Llobregat, mientras que Can Pere Bori es hoy uno de las escuelas municipales más importantes de Gavà.
Las cuevas de la riera del turó de
Calamot, un monumento a los
damnificados de la riuada de Gavà

Sin embargo, la operación de maquillaje llevada a término por diversas administraciones se olvidó de retocar el escenario original. Si usted cruza el Parque de Calamot de Gavà, se adentra a pie por el bosque, dejando atrás la calle del 8 de Septiembre, camina por los túneles que hay debajo de la carretera, se introduce por un cañaveral que encontrará a la derecha y remonta el cauce de la riera, se encontrará de bruces con las mismas cuevas de las que fueron desalojados los inmigrantes por culpa de las riadas de noviembre del 62.

Las cuevas no sólo están ahí, sinó que además hasta hace pocas semanas estaban habitadas. Lo atestiguan decenas de enseres personales esparcidos entre la maleza. Es como si a los últimos residentes se les hubiera desalojado por la fuerza. Si quieren comprobarlo simplemente tienen que caminar por el barro. Luego no olviden limpiarse los zapatos. 

4 nov. 2012

El día que la prensa pidió el encarcelamiento del río Besòs


El 4 de noviembre de 1962, cuarenta días después de la gran riada del Vallès, volvió a llover con intensidad sobre la demarcación de Barcelona. Hubo inundaciones en Sabadell, Terrassa, Sant Adrià, Molins de Rei, el Prat y Gavà entre otras poblaciones, pero también en los barrios de La Verneda, Horta, Poble Nou y La Mina de la capital catalana. Aunque las precipitaciones causaron alarma entre los vecinos, no hubo daños personales, pero la fuerza de las aguas se llevó algunos puentes y determinadas obras de infraestructura que se estaban realizando para paliar las destrucciones producidas por la riada de seis semanas atrás.

Las lluvias del 4 de noviembre, que era domingo, empezaron a caer a las 8 de la mañana, para prolongarse durante todo el día y amainar a la tarde del día siguiente, lunes. El agua alcanzó en los pluviómetros los 180 litros por metro cuadrado y dejó en la prensa el sabor agrio del recuerdo de la tragedia acaecida con anterioridad, según se desprende de la simple lectura de los titulares de los periódicos del martes, ya que el lunes en aquella época no había diarios; ““Hay que volver a empezar otra vez”, “Tabla rasa” o las “Lluvias torrenciales asolaron de nuevo el Vallés”.

Los crónicas periodísticas sobre las inundaciones del 4 de noviembre fueron redactadas de acuerdo con las consignas políticas de las autoridades, que ordenaron colocar en un lugar destacado de la prensa la reacción inmediata de los responsables de la Administración, especialmente del gobernador civil, el capitán general o el presidente de la Diputación, que acudieron rápidamente al lugar del desastre, tratando de hacer olvidar las ausencias inconfesables acaecidas un mes y medio atrás. En la misma línea de “eficacia” y “presteza”, la prensa destacó  las actuaciones de los bomberos, de la policía, de las militantes de la Sección Femenina o de los jóvenes de la Falange, que  prestaron “desde el primer momento”  ayuda a los damnificados.

Según aquellas directrices franquistas, aunque las lluvias torrenciales de aquel 4 de noviembre- que se volvieron a repetir tres días mas tarde- habían provocado unas inundaciones similares a las acaecidas el 25 de septiembre, estas últimas habían sido controladas y embridadas por el régimen. Una vez más la prensa cumplía a rajatabla las consignas del  general Franco, reinterpretaba lo sucedido sobre el terreno y aseguraba que todo permanecía bajo control; el orden y la seguridad, por encima de todas las cosas. Era como si la fuerza y la energía del franquismo hubiera encontrado de pronto la fórmula mágica para controlar y domesticar la naturaleza, cosa que no había sucedido cuarenta días atrás.

Las consignas oficiales impuestas por el régimen a la prensa de cómo debía de tratar la riada de aquel 4 de noviembre, fueron tan esperpénticas que  provocaron más de una carcajada. Entre aquellas carcajadas literarias-periodísticas, cabe destacar la redactada por el escritor Álvaro Ruibal quien hacia poco menos de un año - enero de 1962-  había empezado a escribir con el seudónimo de ERO una sección diaria en La Vanguardia de Barcelona titulada “La calle y su mundo”. Ruibal, que había sido contratado por el director del periódico, ManuelAznar, continuaría escribiendo durante 37 años la sección hasta el dia siguiente de su muerte, el 19 de noviembre de 1999, en que se publicó su última crónica.

Álvaro Ruibal, que había sido periodista en El Sol, era un hombre de firmes convicciones democráticas y liberales, en la misma línea que lo eran otros  compañeros de redacción de La Vanguardia, entre los que destacaba Manueldel Arco o el propio Santiago Nadal. Pero había una gran diferencia entre Álvaro Ruibal y los otros periodistas de su propia redacción y es que Ruibal, como buen gallego, estaba dotado de un fino sentido del humor, tan sutil e incisivo que era capaz de sortear los controles oficiales y pasar desapercibido para los censores.

La crónica de Alvaro Ruibal sobre la riada del 4 de noviembre de 1962, se tituló simplemente “Besós”, el nombre de uno de los ríos que se salió de madre y para el que pidió la pena de prisión. Fue un juego literario,  lleno de ironía y crítica hacia un régimen acostumbrado a resolver todos los problemas con la represión, la  mano dura y la cárcel.  Estos son algunos de los párrafos de aquella crónica irónica, que sorteó los controles de la censura y provocó más de una carcajada.

“… el Besós recuerda aquellos libertarios con aires de buenas personas que ponían una bomba o cometían un atentado y los que lo conocían se quedaban pasmados porque los creían incapaces de matar una mosca. En los patios de las cárceles, incluso en los frios de enero, practicaban el nudismo para ejercitar de aquella manera la rebeldía. El Besós es un río anarquista y como los saboteadores y dinamiteros hay que cortarles las riendas; es decir conviene meterle entre gruesos muros para que no haga sin venir a cuentos y porque le dé la gana, una de las suyas”.

Cincuenta años mas tarde a nadie se le ocurriría pedir una pena de prisión para el rio Besòs, pero sí para aquellos funcionarios y responsables de la Administración que no encauzaron las aguas, permitieron la construcción de viviendas en sus márgenes o aprovecharon la riada para lograr pingües beneficios con inconfesables negocios, incluido el comercio de huérfanos y que lo único que les preocupaba era impartir consignas a la prensa.

27 oct. 2012

Los huérfanos “imaginarios” de la riada. Cincuenta años buscando a su hijo

Ángel, de 6 años, junto con su
 hermano Antonio de 3, en una foto
 de septiembre de 1961

Manuela Fernández Morales lleva cincuenta años buscando a su hijo. Lo perdió en la noche del 25 de septiembre de 1962, en el barrio d'Ègara de Terrassa, cuando una tromba de agua entró por una ventana, salió por la puerta y se llevó a su paso todo lo que había en la casa. Así perdió a sus hijos Angel, que tenía 6 años, a Antonio, con 3, y a su padre José María, de 59, que hacía pocos días había llegado del pueblo para visitarlos. Ella se salvó porque se agarró a una viga, pero luego cuando la tromba se la llevó riera abajo, rodando como si fuera un canto, ni ella sabe como quedó con vida. Sólo sabe que acabó desnuda, con el cuerpo lleno de heridas y que fue llevada al Hospital de Sant Llàtzer de Terrassa. El marido, Antonio Martínez Martínez, empleado de la empresa AEG, salvó la vida porque en el momento de la gran riada, se encontraba trabajando en el turno de noche. Cuando al alba salió de su fábrica y se dirigía hacia donde había estado su casa, un grupo de familiares y amigos salieron a su encuentro y le impidieron que continuara su trayecto, porque si hubiera seguido caminando, no hubiera encontrado nada.

A Manuela Fernández Morales y Antonio Martínez Martínez, oriundos de Abla y Doña María, respectivamente, en la provincia de Almería, la riada del 62 se les llevó todo. El cuerpo del hijo mayor Ángel, maltrecho e hinchado de agua lo recuperaron en un depósito de cadáveres. El cuerpo de su otro hijo, el pequeño Antonio, nunca ha sido localizado. Ángel tiene partida de nacimiento y de defunción. Antonio simplemente partida de nacimiento, con una acotación al lado escrita en lápiz, en que se puede leer “desaparecido”. Para Manuela Fernández Morales, la palabra “desaparecido” no quiere decir muerto, ni siquiera olvidado. Por eso, desde hace 50 años no ha cesado de buscar a su hijo.

Primero lo buscó en la riera de Terrassa, entre los escombros y deshechos de la riada, luego en los parques, en los patios de las escuelas o en las calles. Había días que se resignaba y, por un momento, pensaba que había muerto, pero luego volvía a tener la plena convicción que está aún con vida. Aunque Manuela Fernández Morales y Antonio Martinez Martinez rehicieron su vida poco después de la riada -tuvieron tres hijas Ana, Montserrat y Sonia- trabajaron como unos locos, él en la AEG y ella en el textil, y compraron un piso, nunca olvidaron a sus dos hijos que se les llevó la riada.

Este mediodía Manuela Fernández Morales se ha levantado del sofá desde el que estaba hablando, ha cruzado el salón-comedor de su casa y ha vuelto a abrir el cajón del aparador para sacar por enésima vez la foto de los dos niños. Allí están, Antonio, el menor, sentado junto con Ángel, en una foto en blanco y negro. Es una foto de estudio. En el reverso de la foto se puede leer una fecha: septiembre de 1961, un año antes de la riada. Sin mirarla me la ha entregado. Cuando me la alargaba con pulso firme, ha pronunciado simplemente una frase:

- “Por favor ayúdenos a encontrarlo”.

Mientras cogía de sus manos la foto de sus hijos, tratando de que la saliva pasara por el nudo que se me había formado en la garganta, Manuela Fernández, me ha continuado explicando con toda entereza, sin derramar una lágrima, que no tiene la seguridad de nada, ni de que el niño que se encuentra enterrado en la tumba de Terrassa sea su Ángel, porque el reconocimiento del cadáver de su hijo se hizo precipitadamente y sin garantías. Pero que de lo que sí tiene la completa seguridad es que a su Antonio, el menor, al que oficiosamente aún dan por “desaparecido”, alguien se lo llevó a su casa, para criarlo como un hijo, olvidándose que tenía ya una madre y un padre y que lo estaban buscando.

La hipótesis de que su hijo Antonio fue adoptado se convirtió para esa mujer en certeza  hace pocos años cuando se enteró que muchos niños, supuestos huérfanos de la riada, habían sido adoptados irregularmente, a hurtadillas, a través de un mercado que se abrió a las familias pudientes al día siguiente de la riada. 

Las revelaciones efectuadas  por el libro La riuada de Franco confirmando la existencia de este mercado, gracias a los documentos localizados en los archivos del antiguo Gobierno Civil de Barcelona, y de los documentos localizados en el Archivo Histórico de Terrassa - Comarcal del Valles Occidental, que acaba de publicar un fascículo titulado “Orfes imaginaris”- huérfanos imaginarios- donde se recogen 20 cartas- de solicitud de adopciones,  han consolidado las esperanzas de Manuela Fernández de que su Antonio vive, bajo otro nombre, con otra familia.

-“Si después de la riada hubo familias que adoptaron niños, sin que las autoridades se preocuparan en buscar a sus verdaderos padres, quizás nuestro Antonio pudo haber sido también adoptado”, aseguran al unísono Manuela Fernández Morales y sus tres hijas.

El drama de los falsos huérfanos de la riada, adoptados irregularmente, es un capítulo más de ese rosario de irregularidades puestas al descubierto por las investigaciones de la riada efectuada por historiadores locales y académicos, con ocasión del 50 aniversario de la tragedia. Manuela Fernández Morales y sus tres hijas no están, sin embargo, dispuestas, a que este drama, se convierta en un acto más de la conmemoración de la riada. Con conmemoración o no, ellas piensan continuar la  búsqueda del pequeño Antonio.

Las cuatro mujeres se han conjurado en proseguir las pesquisas, incluso si es preciso pedir el amparo de la Justicia. Lo harán no sólo por Antonio, sino además por los otros falsos huérfanos que fueron cedidos en adopción a hurtadillas y de manera irregular después de la riada de 1962. Fue un robo. La Administración franquista no fue ajena a este mercadeo. No sólo no cerró los ojos, sino que lo fomentó, lo canalizó y lo gestionó. Convirtió las donaciones de falsos huérfanos en una prebenda más para los adeptos del régimen.