Este blog nace a partir del libro La riuada de Franco con la intención de divulgar nuevos datos sobre las inundaciones del Vallés de 1962. Coincidiendo con el 50 aniversario de aquella catástrofe colectiva, el libro, escrito por Ferran Sales i Aige y Lluís Sales i Favà, destapa las pugnas políticas, la propaganda y la corrupción que desataron aquellas riadas.


12 dic. 2012

Monolito en recuerdo del Caudillo


Manuel Bustos en una de sus
innumerables apariciones
en televisión la semana pasada

El 1 de octubre de 1962, cinco días después de la noche trágica, Francisco Franco viajó hasta Barcelona para consolar a los damnificados de la riada. Las críticas surgidas cinco años atrás a raíz de las inundaciones de Valencia en 1957, porque el Caudillo había tardado diez en visitar la capital del Turia, sirvieron de acicate para que el régimen se trasladara rápidamente y en peso a Catalunya, donde hicieron a las víctimas todo tipo de promesas.

El Caudillo lideró aquella embajada gubernamental, abrió de par en par sus manos y como si fuera un padre afectado por la aflicción y lágrimas de sus hijos prometió a todos un consuelo económico. La decisión de Franco de articular consuelo económico a los afectados fue adoptada el mismo día de su llegada  a la capital catalana en el transcurso de un Consejo de Ministros celebrado en el Palacio de Pedralbes, tras un Te Deum en la catedral y un recorrido "triunfal" por las calles de la ciudad.

Franco
y sus ministros adoptaron tres tipos de ayudas: apadrinamiento de las poblaciones siniestradas lo que conllevaba financiar su reconstrucción, indemnizaciones a las víctimas y por último préstamos a los fabricantes afectados por la riada.

Poblaciones,  damnificados y fabricantes del Vallès se convirtieron así, de pronto, según los grandes titulares de la prensa del día siguiente,  en los hijos protegidos y mimados de un padre generoso; el Generalísimo. La prensa estaba tan embriagada con las promesas del régimen y tan entregada a su misión sagrada de loar al Caudillo, que se olvidaron de preguntar de dónde iba a sacar el Estado tanto dinero para cumplir sus compromisos.

El régimen pero lo tenía todo calculado; las víctimas iban a ser indemnizadas con las aportaciones de los conciudadanos a la Cuestación Nacional, el dinero a los fabricantes lo iban a sacar los industriales de sus propios bolsillos, no en vano se trataban de prestamos con obligación de devolverlo y la reconstrucción de las poblaciones apadrinadas fueron aparcadas o en el mejor de los casos sometidas a una cura de adelgazamiento presupuestario y administrado además en pequeñas dosis a lo largo de varios años.

En cualquier caso, aquellas promesas económicas del régimen, aun siendo fantasiosas y claramente  inabordables por un Estado que tenia las cajas vacías, desataron una oleada de agradecimiento orquestada por el Gobierno Civil de Barcelona que sugirió dos formas de dar gracias al Jefe del Estado;  nombrar a Franco hijo adoptivo de cada una de las poblaciones o levantar en las ciudades beneficiadas con el maná del dictador un obelisco o monolito en memoria al gesto del Caudillo.

Hubo poblaciones que no sólo nombraron a Franco hijo adoptivo de la ciudad, si no que además levantaron en su honor un obelisco. Algunos de estos obeliscos o monolitos, con el paso del tiempo fueron maquillados con una placa  diferente a la planteada originalmente. Así en lugar de dar gracias al Caudillo el monolito de turno acabaría sirviendo para recordar las víctimas o los donantes. Hubo también poblaciones rebeldes que en una actitud de desobediencia clara hacia el régimen, optaron por quedarse con los brazos cruzados; ni monolito ni nombramiento de hijo adoptivo a Franco.

Hace poco mas de dos semanas Sabadell, por orden de un consistorio presidido por Manuel Bustos, puso en pie un monolito destinado a homenajear a las víctimas de la riada.

Me temo que nadie advirtió al alcalde Bustos que el hecho de que Sabadell no tuviera hasta entonces un monolito dedicado a las víctimas quizás no era más que consecuencia de un acto de desobediencia consciente hacia el franquismo y que su ausencia no hacia mas que perpetuar y recordar a todos sus ciudadanos un gesto de rebeldía.

En cualquier caso el acto de inauguración del monolito en Sabadell pasó prácticamente desapercibido por una ciudad machacada por los mensajes obsesivos de un alcalde, Manuel Bustos,  más preocupado en defenderse públicamente de las acusaciones de corrupción que en acordarse de las víctimas de una riada que había pasado hace demasiado tiempo.

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